ADVIENTO 20 14
La Navidad
Un mensaje de apoyo
La Navidad evoca recuerdos de
momentos, lugares y personas que son especiales para nosotros. Es una época que
nos motiva a dar y que conmueve nuestros corazones.
Mas
la Navidad también puede ser una temporada en la que nos sentimos solos y
abatidos. Los relatos en este folleto nos recuerdan que, a pesar de lo que
ocurra a nuestro
alrededor, podemos avivar el espíritu navideño en nosotros. Sólo necesitamos
estar conscientes de la presencia crística y sentir nuestra unidad con todo lo
creado. Los actos sencillos de bondad, dados y recibidos, nos recuerdan la
verdad de que nunca estamos solos.
Deseamos
que la fe, la paz, el amor y el gozo cobren vida en tu corazón en esta
temporada de Adviento, según celebramos el nacimiento de Cristo en nuestro
mundo. ¡Eres bendecido y eres una bendición!
¡Feliz
Navidad!
Tus amigos
PRIMER JUEVES DE ADVIENTO
4 de diciembre del 2014
JUEVES, 4 DE DICIEMBRE DEL 2014
La señora M. y yo
por Tom Baker
Una Nochebuena, cuando era sacerdote católico, fui al hospital para visitar a una señora de 92 años
que estaba muriendo. Por un año, yo le había estado dando la comunión a la
señora M. el
primer
viernes del mes. Yo le caía bien porque nunca andaba apresurado. Me gustaba
pasar tiempo con la
señora
M.… con ella yo podía ser sencillamente una persona y ella siempre tenía
galletas para mí. A ella también le gustaba confesarse, siempre el mismo
pecado.
Era
un pecado menor y venial. Ella llevaba la cuenta y los números siempre eran
altos, y yo pensaba, siempre impares. 159 veces. Le dije que podía redondearlo,
pero ella pensaba que Dios era muy exacto. A ella le gustaba que yo no me
escandalizaba y, le gustaba todavía más, cuando le decía que yo había hecho lo
mismo, pero que
yo
no llevaba una cuenta tan precisa. Ella me miraba como diciendo: “Bueno,
todavía eres joven”.
Así
que la señora M. y yo éramos amigos. Un día, según yo entraba a la habitación
del hospital, un equipo de médicos le estaba dando choques eléctricos. Sus
hijos, seis de ellos, estaban en el pasillo. Después de que el equipo médico
revivió a la señora M., que luego supe que era la quinta vez en dos días, ella
me llamó.
“Tiene que
ayudarme. Mis hijos no me dejan morir. Las paletas del desfibrilador me
fracturan las costillas, hasta oigo cuando se fracturan”.
Así que hablé
con los hijos, todos mayores que yo. Pensé que sería fácil. “Su mamá tiene 92
años, está lista para morir, déjenla ir”. Cada uno de ellos dijo que no iba a
dejar morir a su mamá. Y además que ella no estaba cuerda, que estaba demasiado
vieja. Las enfermeras dijeron lo mismo.
Yo estaba
asombrado de lo inflexibles que eran.
Finalmente,
estuvimos de acuerdo en lo que haríamos.
Yo firmaría un
documento en donde constaba que yo, el sacerdote hablando por la paciente, la
señora M., pedía
que no se
utilizaran medidas extraordinarias y que yo, el sacerdote, era la persona
responsable. La señora M. escribió temblorosamente su nombre en el documento y
yo también.
Los
hijos me miraron como si yo fuera el Padre Kevorkian.
Me
acosté en la cama con la señora M. y la abracé a medida que su respiración era
cada vez más superficial. Luego, de repente pero suavemente descansó
completamente y
falleció.
Miré el reloj y eran las 12 de la noche. Día de Navidad. La familia estaba
parada a los pies de la cama, todos encorvados, cansados, asustados y
avergonzados, simplemente siendo humanos.
Entonces
dije: “Soy Tom, fui amigo de su mamá y ella está bien. De hecho, está en el
cielo para Navidad”. Todos lloramos como la gente lo hace cuando ha perdido a
alguien quien los ha amado incondicionalmente. Me sentí como Jesús esa noche,
abrazando a Jesús, en medio de Jesús.
Eso
es lo que Jesús hizo… amar a la persona tal como es. Haciéndola sentir real.
“Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados?¿Cómo no tenéis
fe?”—Marcos 4:40




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